Suno, Universal, Warner y Sony: La batalla por los derechos de autor en la música con IA
Spotify, Apple Music, Deezer, TIDAL y Qobuz aplican políticas distintas ante la música producida con IA y el reto de identificarla y distribuirla entre oyentes.
Hay una cifra que ayuda a entender lo que ocurre en la industria musical: Deezer recibe cada día cerca de 90.000 pistas creadas íntegramente con inteligencia artificial (IA), frente a las 10.000 que detectaba cuando lanzó su herramienta de identificación en enero de 2025. En los días de mayor actividad, estas canciones representan más de la mitad de los nuevos contenidos que llegan a la plataforma. Sin embargo, generan apenas entre el 1 % y el 3 % de las reproducciones. Deezer calcula, además, que hasta el 85 % de los streams de estas pistas durante 2025 fueron fraudulentos.
La diferencia entre las canciones que se suben y las que realmente se escuchan ayuda a entender el problema, algunas personas utilizan música generada por IA para intentar obtener ingresos mediante reproducciones artificiales. En este contexto, Universal Music Group, Warner Music Group y Sony Music, las tres grandes discográficas, deben decidir cómo relacionarse con las empresas que desarrollan esta tecnología: Continuar los litigios o negociar acuerdos que les permitan autorizar usos de sus catálogos y participar en los ingresos.
El conflicto comenzó en 2024, cuando las tres compañías demandaron a Suno y Udio, respaldadas por la Asociación de la Industria Discográfica de Estados Unidos (RIAA). Las acusaron de usar grabaciones protegidas para entrenar sus modelos sin autorización.
La estrategia empezó a cambiar en 2025. A finales de octubre, Universal llegó a un acuerdo con Udio que incluyó una compensación económica y una licencia para desarrollar una plataforma de creación musical con un catálogo autorizado. En noviembre, Warner alcanzó acuerdos con Udio y Suno. Durante esa misma semana, las tres majors firmaron licencias con KLAY, una empresa que asegura haber entrenado su modelo exclusivamente con música licenciada.
Merlin, que representa a sellos independientes, y la editora Kobalt también negociaron con Udio. Spotify acordó con Universal ofrecer herramientas para crear covers y remixes con IA. En septiembre, Universal firmó un acuerdo multianual con ElevenLabs.
En agosto, las tres majors participaron en una ronda de financiación de 76 millones de dólares vinculada a Stability AI. Sony mantiene demandas contra Suno y Udio y en julio volvió a demandar a esta última por más de 30.000 grabaciones, aunque también firmó con KLAY y Spotify.
La aparente contradicción tiene una explicación, las discográficas buscan controlar las condiciones de uso de su música y determinar cuánto pueden ganar. Negociar con una empresa no significa abandonar las demandas contra otras, ni una licencia resuelve todas las disputas.
MIDiA Research describe una industria dividida, las grandes discográficas buscan nuevas fuentes de ingresos mediante usos autorizados, mientras muchos artistas independientes y sellos pequeños rechazan la IA generativa. Los acuerdos podrían resultar más convenientes a corto plazo que prolongar los litigios, aunque las preguntas sobre derechos de autor seguirán abiertas.
Mark Mulligan, de MIDiA Research, sostiene que la IA no reemplazará por completo a la música humana, pero sí podría desplazarla en algunos espacios. La firma estima que representará el 38 % de los ingresos del segmento de software, sonidos y servicios musicales en 2033. Como ninguna canción creada exclusivamente con IA ha llegado al Billboard Hot 100, MIDiA considera más probable un éxito nacido de la colaboración entre personas y estas herramientas.
Un estudio de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores (CISAC) y PMP Strategy, en el que participó Deezer, estima que el 24 % de los ingresos de los creadores estaría en riesgo para 2028, que se traduce en unos 4.000 millones de euros. Es una proyección, no una pérdida materializada, pero explica la urgencia de las discográficas y la desconfianza de muchos artistas.
Suno, el caso que concentra la disputa
Suno ilustra la tensión entre el crecimiento comercial de la IA musical y las reclamaciones por derechos de autor. La empresa alcanzó una valoración de 5.400 millones de dólares tras una ronda de financiación de más de 400 millones. Cuenta con más de dos millones de suscriptores de pago y, según su director ejecutivo, ha superado los 300 millones de dólares en ingresos recurrentes anualizados. Esta última cifra es una proyección basada en el ritmo de ingresos, no necesariamente el dinero facturado durante un año completo.
Suno se enfrenta a demandas de Universal y Sony en Boston por 560 grabaciones, con una indemnización máxima teórica de unos 84 millones de dólares. El juez rechazó ampliar esa demanda a más de 61.000 grabaciones, pero permitió añadir una reclamación por la presunta elusión de las protecciones de YouTube para impedir descargas de audio. Suno admitió haber obtenido audio de esa plataforma para entrenar sus modelos, aunque cuestionó que las discográficas pudieran reclamar por ese uso.
El 18 de septiembre, los sellos presentaron una segunda demanda por más de 60.000 grabaciones, con una posible indemnización máxima teórica superior a los 9.000 millones de dólares. El reclamo también se dirige contra el modelo actual de Suno. Las discográficas sostienen que la versión 6, lanzada el 9 de septiembre, sigue afectada por el supuesto uso ilícito de grabaciones durante el entrenamiento de modelos anteriores. Según su argumento, entrenar un nuevo sistema con los resultados de otro presuntamente infractor no elimina el problema original.
Suno sostiene que entrenar modelos con grabaciones es un uso legítimo y transformador. Invoca una sentencia favorable a Anthropic por el entrenamiento de IA con libros y argumenta que, si hubo infracción, fue involuntaria, lo que según su interpretación podría reducir los daños a 200 dólares por obra.
El proceso sigue abierto, a petición de ambas partes, el juez trasladó al 22 de junio de 2027 el plazo para presentar mociones sobre uso legítimo. No se espera una decisión antes de la segunda mitad de ese año.
El debate también llegó a Europa. El 31 de julio, un tribunal de Múnich dictaminó que Suno había infringido derechos en el caso promovido por la entidad alemana GEMA. La decisión, considerada la primera sentencia europea sobre una herramienta de música generativa, aplicó la legislación estadounidense al entrenamiento realizado en ese país y rechazó la defensa de uso legítimo. Sin embargo, la resolución no es firme.
A finales de septiembre, el Tercer Circuito de Estados Unidos rechazó una defensa de uso legítimo en otro caso de entrenamiento de IA. Aunque no obliga al juez de Massachusetts, las discográficas lo citan como antecedente. Además, Round Hill Music reclama daños cercanos a los 1.000 millones de dólares, SOCAN demandó en Canadá y la autoridad de competencia italiana abrió el 6 de octubre una investigación sobre Suno.
Los casos plantean si una herramienta puede aprender de grabaciones protegidas sin autorización, qué responsabilidad tienen sus desarrolladores y qué compensaciones corresponden a los titulares de derechos.
¿Quién autoriza el uso de la música y quién recibe el dinero?
Los acuerdos comerciales plantean otra pregunta: ¿Cómo se distribuyen los ingresos que genera la IA y qué participación tienen los artistas cuyas grabaciones se utilizan?
Los acuerdos de Warner, BMG y Believe con Suno contemplan que una parte de los ingresos de la plataforma llegue a esos socios desde el lanzamiento de la versión 6. Sin embargo, los sellos decidirían cuánto de ese dinero se distribuye entre los artistas. Los contratos no han revelado cuántos intérpretes dieron su consentimiento ni bajo qué condiciones económicas.
Una incertidumbre similar rodea el acuerdo entre Universal y ElevenLabs. Los artistas participan si deciden hacerlo, pista por pista, pero no se han explicado públicamente los criterios para repartir las regalías de cada remix. Aunque el discurso oficial presenta estas iniciativas como oportunidades voluntarias, en junio 31 organizaciones de artistas y compositores denunciaron que músicos con contratos anteriores estaban siendo incluidos por defecto en determinados usos de IA, con poco margen para aceptar o rechazarlos.
Que una discográfica tenga autorización para explotar una grabación no significa necesariamente que todos los usos futuros hayan sido aceptados expresamente por el intérprete. Tampoco garantiza que el músico reciba una compensación adicional por cada nueva aplicación de su trabajo.
El sindicato estadounidense de músicos AFM demandó a Universal y Warner por licenciar a Suno y Udio grabaciones en las que participaron sus miembros, presuntamente sin pagarles ni acreditarlos. AFM sostiene que el convenio colectivo exige compensar nuevos usos; Warner responde que ese acuerdo no contemplaba el entrenamiento de modelos de IA.
Otros artistas han presentado una demanda colectiva desde otra perspectiva. Jason Isbell, David Lowery, Guy Forsyth y Eduardo Calle cuestionan el uso de la identidad y los datos biométricos de los intérpretes. Argumentan que el derecho de una discográfica a licenciar una grabación no concede automáticamente a una empresa de IA permiso para utilizar la voz o la imagen de quien la interpreta.
Según el director ejecutivo de Suno, la versión 6 no contiene datos de artistas de Universal y Sony. Las discográficas pueden obtener ingresos por licenciar grabaciones mientras los músicos desconocen a veces el alcance del acuerdo y su remuneración, lo que plantea dudas sobre consentimiento, atribución y reparto.
Cómo responden las plataformas de streaming
Las plataformas deben decidir cómo identificar y distribuir el volumen creciente de música generada por IA. Deezer adoptó una de las políticas más estrictas. Detectó más de 42 millones de pistas generadas por IA entre enero de 2025 y agosto de 2026, las excluyó de las recomendaciones algorítmicas y de las listas editoriales, y anunció el 13 de octubre que antes de finalizar el año lanzará mundialmente una opción para ocultarlas de las búsquedas.
Deezer licencia su tecnología de detección a otros actores; su primera socia es la entidad francesa Sacem. Una encuesta de Ipsos citada por la plataforma indica que el 97 % de los consultados no distingue una canción creada íntegramente por IA de una humana, aunque el 45 % querría filtrarlas.
Spotify ha elegido una estrategia diferente. No prohíbe de manera general la música creada con IA, pero elimina contenidos que imitan voces sin autorización y restringe el spam musical. Desde mediados de septiembre, identifica como perfiles de IA aquellos cuya identidad pública parece artificial y los excluye por defecto de sus recomendaciones. Al mismo tiempo, firmó con Universal un acuerdo para ofrecer a sus suscriptores de pago herramientas para crear versiones y remixes con IA.
También conviene interpretar correctamente una cifra de Spotify: los 75 millones de pistas que ha retirado corresponden a contenidos identificados como spam o fraude, no a una eliminación generalizada de música generada por IA.
Apple Music exige a sellos y distribuidores identificar los contenidos en los que la IA haya generado una parte sustancial y anunció que las etiquetas serán visibles a finales de 2026. La declaración sigue siendo responsabilidad de quienes entregan la música, aunque Apple cuenta con un sistema interno de detección.
TIDAL dejará de pagar regalías a las pistas que identifique como generadas íntegramente por IA, mientras que Qobuz las etiqueta y las excluye de sus recomendaciones. Las plataformas aún no tienen un criterio uniforme: unas priorizan la detección y exclusión de recomendaciones; otras exigen etiquetas o limitan pagos. También está en juego quién asume el costo de verificar el origen de las canciones: Deezer invierte en detección, Apple responsabiliza en gran medida a sellos y distribuidores, y Spotify combina controles con acuerdos comerciales.
Una negociación que sigue abierta
Los términos económicos de la mayoría de los acuerdos entre discográficas y empresas de IA permanecen bajo confidencialidad. Por eso, las cifras sobre cuánto reciben los sellos o los artistas deben tratarse con cautela hasta que existan datos verificables.
La industria ya no discute solo si la IA formará parte de la música, sino quién autoriza las grabaciones, quién consiente, quién paga y quién recibe los ingresos.
Litigar y negociar licencias no son estrategias opuestas: las discográficas pueden recurrir a ambas para defender sus derechos y fijar condiciones. Pero esos acuerdos no resolverán por sí solos las dudas sobre los intérpretes, las regalías y los límites legales del entrenamiento.
Las decisiones judiciales que se esperan en 2027 ayudarán a definir cuánto margen existe para entrenar modelos de IA con grabaciones protegidas. Hasta entonces, seguirán subiendo decenas de miles de canciones generadas por esta tecnología cada día, mientras la industria intenta establecer las reglas de un mercado que evoluciona más rápido que sus acuerdos y sus leyes.
La pregunta de fondo no es solo quién puede enseñar a cantar a una máquina, sino quién puede beneficiarse de la música utilizada
