Seis propuestas, mil caras del techno.
Estaba de espaldas cuando el Chamorro enloqueció. Gritos y aplausos, giré y ahí estaban Adam Beyer y Bart Skils. Treinta años de Drumcode, resumidos en ese momento.
El diseño de luces, aunque minimalista, lograba una sensación grandiosa: un lugar elevado desde donde emanan los beats hacia una multitud dispuesta a entregarse a la propuesta musical. La noche fue una muestra de las diferentes caras del techno contemporáneo.
La noche empezó con el colombiano Rahus, encargado de abrir una reunión de diversas propuestas del techno contemporáneo. Linska dió un set que evitó la velocidad excesiva sin renunciar a la intensidad. Hubo espacio para construir tensiones a fuego lento antes de liberar drops precisos y efectivos. Encontró fuerza en la consistencia, demostrando que la contundencia no siempre está ligada a la velocidad de los BPMs.
Confieso que esperaba encontrar una versión más rígida de Kevin de Vries, más inclinada a un techno clásico. Me llevé una gran sorpresa. El inicio tuvo algo onírico. capas armónicas largas sobre bases rítmicas en constante movimiento mientras un conjunto de sonidos texturizados iban construyendo una narrativa propia. De Vries realmente transitó por varios momentos de la historia de la música electrónica: ecos del techno de los noventas, referencias al sonido característico del big room entre los años 2009 y 2016 aproximadamente y su sensibilidad melódica personal.
Uno de los elementos más interesantes en mi opinión es el uso de voces, y no solamente voces con chops que funcionan como herramientas de ritmo sino también voces reconocibles, capaces de darle otra cara y otras emociones a todo el set.

Hubo sintetizadores que remiten inevitablemente a la nostalgia rave de los noventa, en otros momentos hubo coqueteos con el psy trance y sus patrones hipnoticos. Además, aparecían cuerdas imponentes, violines y chelos que le daban otros imaginarios y conexiones. De Vries cerró con una energía que llevaba mas hacia el trance más clásico, evocando por momentos a Sensation White.
En su set de 3 horas Adam Beyer y Bart Skils eligieron la contundencia del ritmo. El suyo fue un set mucho más percusivo e hipnòtico. Un 4/4 sólido, sostenido por hi hats afilados que construyeron un groove imparable. Ellos sí utilizaron las voces más como una herramienta rítmica que le agrega al groove. Coros procesados intermitentes entre capas de percusión.
A medida que avanzó la noche el sonido se volvió más agresivo y ácido, más orientado al movimiento físico. Un techno que obliga al cuerpo antes que a la contemplación. Acompañado de guiños a las raíces del género, referencias que tendían puentes hacia Detroit. La quìmica entre Beyer y Skils es evidente, y quienes han seguido la trayectoria del productor sueco saben que esa capacidad para dialogar musicalmente tambièn la comparte con Victor Ruiz, quien estuvo a cargo de la madrugada.
Ruiz apostó por otro tipo de viaje, el brasileño abrió con algo inesperado: una versión de “Gracias a la vida”, la canción de Violeta Parra de 1966, en un remix propio sobre un track de Tao Andra. La pista calló. No por confusión sino por ese gesto bonito de respeto y curiosidad de parte del público que solo ocurre cuando un DJ empieza la madrugada con una canción latinoamericana de 60 años, como si Ruiz le estuviera diciendo algo a Bogotá. Cuando despegó aparecieron elementos cercanos al psy trance: percusiones envolventes, patrones insistentes y una sensación constante de desplazamiento.

En su caso, las voces procesadas o robóticas, funcionaban como un recurso adicional para sostener el groove más que sorprender con cambios abruptos. Destacaron flautas y timbres orgánicos que remiten a algo ancestral, casi primitivo. Una tensión interesante entre lo humano y lo tecnológico.
Es interesante ver, a través de uno de los sellos más importantes de su género, como el techno ya no responde a una única definición. Dialoga con nostalgia, incorpora estructuras cercanas al trance o recupera la crudeza de Detroit.
La celebración de los 30 años de Drumcode en Bogotá dejó claro que el sello de Adam Beyer continúa siendo una de las fuerzas mas influyentes del techno contemporáneo precisamente porque se rehúsa a quedarse quieto. Entre lo contundente de Linska, el dinamismo de De Vries, el groove hipnòtico de ese gran B2B entre Adam Beyer y Bart Skils o el cierre envolvente de Victor Ruiz lo que encontramos es una curaduría que nos cuenta cómo ha cambiado el techno en 30 años. Después de ese tiempo legendario la pregunta ya no es qué es Drumcode, sino cuántas versiones distintas del techno pueden convivir bajo su nombre.
